Woody Allen hace su mejor jugada

'La Provocación' es una muestra del extraordinario lado oscuro del cineasta neoyorquino
Rafael Aviña
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Ciudad de México (21 abril 2006).- En la primera escena —clave, por cierto— de La Provocación (Gran Bretaña, 2005), realizada por un brillante y maduro Woody Allen, una pelota de tenis toca la red: la metáfora acerca de la suerte y las posibilidades de que la bola caiga de un lado o de otro, adquieren un inesperado peso trágico al ser llevadas a la vida cotidiana, en un filme que avanza con indudable maestría, de la comedia de enredos al drama pasional y de ahí al thriller criminal con ecos del mejor y más amoral cinema noir , el cine de Hitchcock, la obra de Patricia Highsmith, e incluso los azares del cine de Eric Rohmer.
Con referencias que van de Crimen y Castigo, de Dostoievski, a Ambiciones que Matan (George Stevens, 1951), cuya trama acerca de un humilde obrero que escala peldaños sociales a costa de una novia pobre y embarazada que le estorba y una joven aristócrata, se repite aquí casi al pie de la letra.
Allen ha construido una pequeña joya sobre el arribismo, en la figura de un joven irlandés de clase baja que abandona una prometedora carrera como tenista profesional para sobrevivir ofreciendo clases de tenis en un exclusivo club londinense, en aras de posibles contactos que le ayuden a un rápido ascenso social.
Por supuesto, cuando Chris, el apuesto protagonista consigue enamorar a la hermana de su alumno, ambos provenientes de una familia de la alta burguesía británica, surge la figura de Nola, la femme fatale , que encarna la atractiva Scarlett Johansson.
Consciente del efecto que tiene sobre los hombres, Nola deja de ser la cuñada de Chris para convertirse en amante de éste y él termina cayendo de bruces en el juego pasional de esa rubia estadunidense aspirante a actriz y tendiente a la bebida.
El jazz ligero da paso a la gravedad de la ópera en una banda sonora que sirve de complemento dramático a un relato donde Allen demuestra su gran habilidad para jugar con el espectador y con las reglas y arquetipos del género, en una historia cuya disyuntiva es: "la diferencia entre amor y lujuria" y su consecuencia: la estabilidad económica y social y la incompatibilidad de aquellos deseos, lo que conduce a un pesimista desenlace al estilo de Crímenes y Pecados (1989) y a un comentario final sobre la demencia y la frialdad de la naturaleza humana, similar a una pelota de tenis a la deriva.
